
El silencio es lo que más me emociona y me interesa en la pintura. Empecé en este oficio con la acuarela y con un tratamiento intenso del color; pero la levedad, tan propia de este medio, fue ganándome poco a poco. Pintar acuarelas es decir mucho con muy poco, transmitir emociones casi sin materia.
En el óleo, a pesar de que tanto el soporte como la propia pintura son, casi siempre, más sólidos y densos, busco también la levedad por medio de la quietud en las armonías y en los contrastes, en el color y en la materia pictórica y pintada.
Venía de Chardin, y de Cézanne -sobre todo del Cézanne acuarelista- y esos orígenes me llevaron a Morandi. Luego supe que Cézanne adoraba a Chardin, y Morandi a ambos; así que, humildemente, me siento e intento encontrar mi lugar en el momento actual de esa secuencia. Con toda lógica, eso me ha llevado a la predilección por las "vidas quietas" (la expresión inglesa "still life" -"vida quieta" o "vida silenciosa" me gusta mucho más que "naturaleza muerta", y me parece que describe mejor lo que busco).
Sanchez Cotán, Bissier, Chillida o Rothko -entre otros muchos compañeros de viaje- están también muy presentes en mi búsqueda de "la soledad de las cosas", de la evanescencia, de la sensación de que lo que vemos está ahí y al mismo tiempo no está, o es distinto, o contiene una vida y una esencia que se nos escapan y que en cualquier momento pueden disolverse en el aire, como nosotros mismos.